Las emociones de un pueblo

Las emociones de un pueblo.

Hoy vemos como la gente es motivada a escuchar a líderes, que saben manejar las emocionó es de un pueblo.

Los grandes políticos hacen sus discursos, para tratar de saber manipular los sentimientos de un pueblo. Con el fin de hablarles con promesas, que al final no son el resultado de lo que pretenden hacer. Pero la gente Le cree y los sigue con entusiasmo y en ocaciones ciegos de la verdad.

Existen de igual manera muchos líderes religiosos, que saben controlar un auditorio con entusiasmo y fanatismo, por el cual sacan un buen resultado de lo que pretenden alcanzar, ya sea en lo económico o personal. Están llenos de sabiduría humana, con la cual tuercen la verdad de DIOS, por conceptos he interpretaciones de hombres, para arrastrar a muchos en las emociones.

Jesucristo hablo claro de estos hombres. Que serían amadores de si mismo, la cual cambiarían la verdad de DIOS, por fábulas y mentiras, estos engañaran a muchos, por los cual serían arrastrados por sus emociones. Es más el dijo, que harían milagros y sanarian enfermos. Pero Jesucristo les dijo apartados de mi hacedores de maldad.

Pero el Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe, prestando atención a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios,

mediante la hipocresía de mentirosos que tienen cauterizada la conciencia. (1 Timoteo 4:1-2).

Por esto nos advierte que tengamos cuidado de lo que oímos, que podemos aprender a discernir quien es verdaderamente un hombre de Dios, y es por sus frutos los cuales seran dignos de admirar; ya que ellos será el reflejo de Jesucristo, cuando viven en humildad, transparencia y sinceridad. Serán hombres que no se preocuparan por que llevar consigo, ya que sabrán dar lo mejor de sus vidas a otros.

Quiero ilustrar esta enseñanza de un maestro, el cual llega a un pueblo que vivía en las emociones.

Un maestro llega a un pequeño pueblo en algún lugar de un gran país . Era la primera vez que estaba en ese pueblo y una multitud se había reunido en un auditorio para escucharlo. El maestro, que en verdad no sabía qué decir, se propuso improvisar algo, que descubriera la verdad del pueblo. Entró muy seguro y se paró frente a la gente. Abrió las manos y dijo:

– Supongo que si ustedes están aquí, ya sabrán qué es lo que yo tengo para decirles.

La gente dijo:

– No. -¿Qué es lo que tienes para decirnos? No lo sabemos. ¡Háblanos!

Maestro contestó:

– Si ustedes han venido hasta aquí sin saber qué es lo que yo vengo a decirles, entonces no están preparados para escucharlo

Dijo esto, se levantó y se fue. La gente se quedó sorprendida. Todos habían ido esa mañana para escucharlo y el hombre se iba simplemente diciéndoles eso. Pero uno de los presentes dijo en voz alta:

– ¡Qué inteligente!

Y en seguida otro dijo ¡qué inteligente!. Y entonces, todos empezaron a repetir:

– ¡Qué inteligente!

– ¡Qué inteligente!

Hasta que otro añadió:

– Sí, inteligente, pero breve.

Y otro agregó:

– Tiene la, brevedad y la síntesis de los sabios. Porque tiene razón. ¿Cómo venimos aquí sin siquiera saber qué venimos a escuchar? Qué estúpidos que hemos sido. Hemos perdido una oportunidad maravillosa. Qué iluminación, qué sabiduría. Vamos a pedirle a este hombre que dé una segunda conferencia.

Entonces fueron a ver al maestro. La gente había quedado tan asombrada con lo que había pasado en la primera reunión, que algunos habían empezado a decir que el conocimiento de él era demasiado para reunirlo en una sola conferencia.

El maestro dijo:

– No, es justo al revés, están equivocados. Mi conocimiento apenas alcanza para una conferencia. Jamás podría dar dos.

La gente dijo:

– ¡Qué humilde!

Y cuanto más el maestro insistía en que no tenía nada para decir, más la gente insistía en que querían escucharlo una vez más. Finalmente, después de mucho empeño, el maestro accedió a dar una segunda conferencia. Al día siguiente, el supuesto iluminado regresó al lugar de reunión, donde había más gente aún, pues todos sabían del éxito de la conferencia del día anterior. El maestro se paró frente al público e insistió en su técnica:

– Supongo que ustedes ya sabrán qué he venido a decirles.

La gente estaba avisada para cuidar de no ofender al maestro con la infantil respuesta de la anterior conferencia, así que todos dijeron:

– Sí, claro, por supuesto que lo sabemos. Por eso hemos venido.

El maestro bajó la cabeza y añadió:

– Bueno, si todos ya saben qué es lo que vengo a decirles, yo no veo la necesidad de repetir.

Se levantó y se volvió a ir. La gente se quedó estupefacta; porque aunque ahora habían dicho otra cosa, el resultado había sido exactamente el mismo. Hasta que alguien, otro alguien, gritó:

– ¡Brillante!

Y cuando todos oyeron que alguien había dicho “¡brillante!”, el resto comenzó a decir:

– ¡Sí, claro, este es el complemento de la sabiduría de la conferencia de ayer!

– ¡Qué maravilloso!

– ¡Qué espectacular!

– ¡Qué sensacional!

Hasta que alguien dijo:

– Sí, pero muy breve.

– Es cierto – se quejó otro.

Y enseguida se oyó:

– Queremos más, queremos escucharlo más. ¡Queremos que este hombre nos dé más de su sabiduría!

Entonces, una delegación de los notables fue a ver al maestro para pedirle que diera una tercera y definitiva conferencia. El maestro dijo que no, que de ninguna manera; que él no tenía conocimientos para dar tres conferencias y que, además, ya tenía que regresar a su ciudad. La gente le imploró, le suplicó, le pidió una y otra vez; por sus ancestros, por su progenitores, por todos los santos, por lo que fuera. Aquella persistencia lo persuadió y, finalmente, el maestro aceptó temblando dar la tercera y definitiva conferencia. Por tercera vez se paró frente al público, que ya eran multitudes, y les dijo:

– Supongo que ustedes ya sabrán qué he venido yo a decirles.

Esta vez, la gente se había puesto de acuerdo: sólo el intendente del poblado contestaría. El hombre de primera fila dijo:

– Algunos sí y otros no.

En ese momento, un largo silencio estremeció al auditorio. Todos, incluso los jóvenes, siguieron al maestro con la mirada.

Entonces, el maestro respondió:

– En ese caso, los que saben cuéntenles a los que no saben. Se levantó y se fue.

Reflexión. Cuando escuchas por emoción, sigues igual que como estabas, ya que no hay nada que hablarles ni expresarles, porque sus relaciones serán siempre justificadas por cualquier palabra o acción.

Palabras de Jesucristo. Así que, por sus frutos los conoceréis.

No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

Muchos me dirán en aquel día: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?»

Y entonces les declararé: «Jamás os conocí; apartaos de mi, los que practicais la iniquidad.» (Mateo 7:21-23).

Tiempo de Pensar . Cuando mires a un líder, no veas lo bonito que habla, si no sus acciones de comportamiento que sean un ejemplo de vida.

Oración. Señor, ayúdame a dicernir con tu Espíritu, la verdad de tu vida en otros, por que así podré saber que cuando hablan y actúan serán de tu redil o serán lobos disfrazados de oveja. Amén.

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