
El hombre ambicioso
Este tipo de hombre presenta una cualidad muy positiva en ojos de algunos, y una muestra de competitividad desmedida para otros. Las personas ambiciosas despiertan admiración, pero también críticas y envidias.
La ambición puede ser un rasgo muy valioso a la hora de labrarse un futuro laboral prometedor. Las empresas, sobre todo a raíz de la crisis, buscan empleados que sepan desarrollar unidades de negocio y proyectos ambiciosos, y no trabajadores que se limiten a desempeñar tareas mecánicas. Para esto se proponen objetivos y rectos, son capaces de asumir riesgos, en la mayoría no alardean de sus logros, son proativos, con un potencial de creatividad, compitiendo con ellos mismos; y de igual manera se rodean de un gran equipo de trabajo eficiente. Las personas ambiciosas en el buen sentido, pueden aprender de todo aquello que nos puede aportar algo positivo.
La ambición, pues, puede también ser una cualidad útil en la vida, porque nos dota de tesón y resistencia ante los inconvenientes, nos hace progresar a pesar de las dificultades y seguir aprendiendo y desarrollándonos mientras recorremos el camino.
Podríamos decir que algunos sinónimos del concepto “ambicioso”, podrían ser: perseverante, constante, anheloso.
Es bien posible que en muchas ocasiones se asocie el adjetivo “ambicioso” a personas que llevan sus deseos de poder y riquezas a límites insanos.
Pero los que viven con la ambición de hacerse ricos caen en tentación y quedan atrapados por muchos deseos necios y dañinos que los hunden en la ruina y la destrucción. (1 Timoteo 6:9).
Cuando está se convierte de un modo exagerado, caen en la insatisfacción de lo alcanzado, para perder hasta la calma de su vida, convirtiéndose en esclavos de si mismos y cayendo en la avaricia. La cual puede producir pérdidas en su entorno.
Cuenta una antigua historia que una vez un hombre iba cargado con un gran saco de lentejas. Caminaba a paso ligero porque necesitaba estar antes del mediodía en el pueblo vecino. Tenía que vender la legumbre al mejor postor, y si se daba prisa y cerraba un buen trato, estaría de vuelta antes del anochecer. Atravesó calles y plazas, dejó atrás la muralla de la ciudad y se adentró en el bosque. Anduvo durante un par de horas y llegó un momento en que se sintió agotado.
Como hacía calor y todavía le quedaba un buen trecho por recorrer, decidió pararse a descansar. Se quitó el abrigo, dejó el saco de lentejas en el suelo y se tumbó bajo la sombra de los árboles. Pronto le venció el sueño y sus ronquidos llamaron la atención de un monito que andaba por allí, saltando de rama en rama.
El animal, fisgón por naturaleza, sintió curiosidad por ver qué llevaba el hombre en el saco. Dio unos cuantos brincos y se plantó a su lado, procurando no hacer ruido. Con mucho sigilo, tiró de la cuerda que lo ataba y metió la mano.
¡Qué suerte! ¡El saco estaba llenito de lentejas! A ese mono en particular le encantaban. Su ambición lo llevo a cojer un buen puñado y sin ni siquiera detenerse a cerrar la gran bolsa de cuero, subió al árbol para poder comérselas una a una.
Estaba a punto de dar cuenta del rico manjar cuando de repente, una lentejita se le cayó de las manos y rebotando fue a parar al suelo.
¡Qué rabia le dio! ¡Con lo que le gustaban, no podía permitir que una se desperdiciara tontamente! Gruñendo, descendió a toda velocidad del árbol para recuperarla.
Por las prisas, el atolondrado macaco se enredó las patas en una rama enroscada en espiral e inició una caída que le pareció eterna. Intentó agarrarse como pudo, pero el tortazo fue inevitable. No sólo se dio un buen golpe, sino que todas las lentejas que llevaba en el puño se desparramaron por la hierba y desaparecieron de su vista.
Miró a su alrededor, pero el dueño del saco había retomado su camino y ya no estaba.
¿Sabéis lo que pensó el monito? Pues que no había merecido la pena arriesgarse por una lenteja. Se dio cuenta de que, por culpa de esa torpeza, ahora tenía más hambre y encima, se había ganado un buen chichón.
Reflexión. A veces tenemos lo que hemos ambicionado seguras pero, por querer tener más, lo arriesgamos todo y nos quedamos sin nada. Ten siempre en cuenta, como dice el famoso refrán, que !! la avaricia rompe el saco!!.
Palabras de Jesucristo. Jesús le respondió:—Amigo, ¿quién me puso por juez sobre ustedes para decidir cosas como esa?
Y luego dijo: «¡Tengan cuidado con toda clase de avaricia! La vida no se mide por cuánto tienen».
»Si son fieles en las cosas pequeñas, serán fieles en las grandes; pero si son deshonestos en las cosas pequeñas, no actuarán con honradez en las responsabilidades más grandes. (Lucas 16:10)
Tiempo de Pensar. La ambición equilibrada produce satisfacción, cuando se desequilibra produce avaricia y tristeza.
Oración. Señor concedeme la capcidad de el equilibrio para ser cauto, cuando tenga que ambiciónar, sabiendo producir con honestidad y poder disfrutar de tus bendiciones, sin caer en la avaricia. Amén.