La obstinación

La obstinación

Cuando nos preguntan qué creemos que significa la palabra obstinación, la mayoría enseguida recordamos a algún conocido que se destaca por su empecinamiento, por mantenerse firme en un argumento que tal vez nos parezca absurdo. Generalmente lo tildamos de “caprichoso”, o terco. Pero la verdad es que se trata de una víctima de la obstinación.

La obstinación puede entenderse como la terquedad, como una inclinación a repetir una actitud o a sostener una posición en un tema específico de modo irracional. El obstinado generalmente pretende hacer su voluntad a pesar de que la experiencia o la razón le demuestren su error. Este tipo de comportamiento puede ser peligroso tanto para el que la sostiene como para terceros, en la medida en que imposibilita el aprendizaje que la experiencia acarrea, en la medida en que hace imposible el crecer como persona.

La obstinación es lo contrario de la humildad. Humildad es dar su brazo a torcer, preferir la opinión de los demás, valorar a otros como mejores que nosotros mismos, ceder, aceptar otras ideas.

El obstinado pretende que las cosas se realicen de la manera que él pretende, dejando de lado los intereses particulares, las necesidades ajenas, o el bien común. De algún modo, la obstinación presupone capricho por parte de quien la manifiesta, en la medida en que éste busca que las acciones que se lleven a cabo se realicen meramente por ser manifestación de su voluntad. Este tipo de actitud puede ser francamente irritante para personas allegadas o que deben lidiar con ésta de modo consuetudinario. Es sin lugar a dudas un gran defecto de personalidad que difícilmente se corrija en el corto plazo debido a la ausencia de espíritu autocrítico.

Había una vez una rana que no se gustaba nada de nada. Todos los días del año se acercaba al estanque más cercano  para ver su reflejo en las aguas y se deprimía contando todos sus defectos ¡Qué fea y vulgar se sentía!

Detestaba su gigantesca boca de buzón que, por si fuera poco, emitía sonidos carrasposos que nada tenían que ver con los dulces trinos de los pajaritos. También pensaba que el color verde lechuga de su cuerpo era feísimo, y estaba obsesionada con las manchas oscuras que cubrían su piel porque, según ella,  parecían verrugas. Pero sin duda lo que más le repateaba era su tamaño porque el hecho de ser tan pequeña le hacía sentirse inferior a la mayoría de los animales.

Cada mañana, después de contemplarse en el estanque, regresaba a su casa lamentándose de su mala suerte. La ruta de vuelta era siempre la misma: sorteaba unas cuantas piedras, recorría el camino de setas rojas con lunares blancos, y atravesaba la pradera donde vivía un viejo buey. En cuanto lo veía, la rana no podía evitar hacer un alto en el camino y quedarse pasmada  mirando su imponente figura.

– ¡Ay, qué suerte tiene ese buey! ¡Me encantaría ser grande, tan grande como él!

Harta de sentirse insignificante, una tarde de primavera reunió a su pandilla de amigas ranas y  mandó que se sentaran todas a su alrededor.

– Escuchadme, chicas: ¡Se acabó esto de ser pequeña! Voy a intentar agrandarme lo más que pueda y quiero que me digáis si lo consigo ¡No me quitéis ojo! ¿De acuerdo?

Las amigas se miraron sobrecogidas y empezaron a negar con la cabeza para que no lo hiciera, pero no sirvió de nada pues nuestra protagonista estaba completamente decidida.

Sin esperar ni un minuto más, se concentró, cerró los ojos, y aspiró por la boca todo el aire que pudo. Poniendo  boquita de piñón para no desinflarse, preguntó a las otras ranas.

– ¿Ya? ¿Ya soy tan grande como el buey?

Una de ellas contestó:

– ¡Para nada! Te has hinchado un poco pero ni de lejos eres tan enorme.

La rana seguía encabezonada y se estiró como una gimnasta rítmica para tratar de retener una cantidad de aire mayor. Su pequeño y resbaladizo cuerpo se hinchó por lo menos el doble y adquirió forma redondeada  ¡Parecía más pelota que batracio!

– ¿Y ahora? ¿Lo he conseguido, chicas?

¡Las ranas del corrillo se miraron atónitas! Pensaban con franqueza que su amiga estaba loca de remate, pero ante todo debían respetar su decisión y ser sinceras con ella. La más pequeña le dijo:

– ¡Qué va! Has crecido bastante pero el buey sigue siendo infinitamente más grande que tú.

La rana no estaba dispuesta a rendirse tan pronto.  Dejó la mente en blanco y respiró muy, muy profundamente. Entró tanto aire en su tripa que se oyó un ¡PUM! y la pobre reventó como un globo al que pinchan con un alfiler.

– ¡Ay, ay, qué dolor! ¡Socorro! ¡Ayudadme!

Las amigas corrieron a su lado ¡Se asustaron mucho cuando la vieron tendida boca arriba en el suelo y con un agujero en la barriga!

– Esto duele mucho ¡Haced algo o me desangraré!

Por suerte, una de las ranas era doctora y conocía bien los recursos que ofrecía la madre naturaleza. Buscó a su alrededor y encontró una tela de araña sin dueña para usarla como hilo de coser, y con ayuda de unos palitos, la operó de urgencia. Gracias a su habilidad como cirujana, consiguió salvarle la vida.

La rana herida se recuperó en unas semanas y desde entonces cambió completamente de  actitud. Jamás volvió a sentirse mal consigo misma y se dio cuenta de que ser una pequeña rana tenía sus ventajas: podía nadar en el estaque, dar brincos espectaculares, jugar al escondite tras las hojas de nenúfar, y otras muchas cosas que el buey jamás podría hacer ni en sus mejores sueños. En definitiva, descubrió que uno es mucho más feliz cuando se acepta tal y como es.

Reflexión : Es absurdo intentar cambiar para convertirnos en algo que jamás seremos. Cada persona nace con unas cualidades diferentes y lo bueno es saber cómo aprovecharlas. Siéntete orgulloso de cómo eres y disfruta de las capacidades que tienes ¡Seguro que son muchas más que tus defectos!

Palabras de Jesucristo. Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo:—Señor, ¿tú me vas a lavar los pies a mí?

Jesús contestó:—Ahora no entiendes lo que hago, pero algún día lo entenderás.

—¡No! —protestó Pedro—. ¡Jamás me lavarás los pies!—Si no te lavo —respondió Jesús—, no vas a pertenecerme.

—¡Entonces, lávame también las manos y la cabeza, Señor, no solo los pies! —exclamó Simón Pedro. (Juan 13:7-9).

Tiempo de Pensar. La soberbia lleva al obstinado a la autodestrucción, reflejando la terquedad de su vida.

Oración. Señor, guarda mi corazón de el orgullo de la obstinación, ayudame con la humildad para ver la vida diferente. Amén.

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