
Aunque cambien de lugar las montañas y se tambaleen las colinas, no cambiará mi fiel amor por ti ni vacilará mi pacto de paz, dice el Señor, que de ti se compadece. Isaías 54:10.
Tiempo de meditación. Por ser Dios un ser de pacto, cuando Dios decide crear, extiende su pacto eterno de amor a los seres creados, que es lo mismo que extender atributos de su propio ser. Eso se puede ver claramente en el relato de la creación en Génesis 1 y 2. Dios en el primer día creó la luz, en el segundo el cielo atmosférico, en el tercero hizo surgir la tierra y los árboles, en el cuarto creó el sol, la luna y las estrellas, en el quinto las aves y los peces, en el sexto los animales que poblaron la tierra, y por último, el hombre. Al crear al ser humano lo primero que hizo fue bendecirlo diciendo: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra. Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer” (Génesis 1:28, 29).
En otras palabras, Dios estaba dando, compartiendo, donando, entregándole al hombre todo lo que estaba creando. Aunque un pacto nos dé la idea de un contrato entre por lo menos dos personas, más que un contrato entre dos partes, el pacto bíblico tiene que ver con una relación. Entre Dios y el hombre que es su máxima creación.
Tiempo de reflexión. El pacto eterno es el resultado de que ÉL es amor para siempre. Y ese pacto eterno es fruto de una relación de amor entre: las personas de la Deidad( Padre, Hijo y Espíritu Santo) , y la Deidad con los seres creados.
Siendo el pacto una relación entre por lo menos dos partes, mirando ahora bajo la figura de un pacto o contrato, en el pacto eterno de Dios con el ser humano nos hacemos dos preguntas: ¿Cuál es la parte de Dios en ese contrato, y cuál es la responsabilidad del hombre? La parte de Dios no es otra sino: dar, compartir, entregar, donar. En otras palabras: ¡amar! O sea, extender los atributos de su propio ser. ¿Cuál sería entonces la parte que le corresponde al hombre? El papel que le corresponde al hombre sería solamente aceptar todo lo que Dios le estaba dando, reconocer que todo venía de Dios, agradecer por las dádivas y regalos, y por último cuidar de todo lo que se le estaba otorgando. En otras palabras: ¡reconocer que todo le pertenece a Dios!
Tiempo para actuar. Aquí llegamos al principio básico de la mayordomía. El mayordomo fiel (o el hijo fiel de Dios) es aquel que reconoce que todo lo que él es, todo lo que tiene, y todo lo que hace, viene de Dios. Absolutamente todo. Usted es lo que es, hace lo que hace, tiene lo que tiene, porque Dios ha hecho de usted lo que es, le ha dado lo que tiene, le ha dado fuerzas para hacer lo que ha hecho. Lógico que ese es el principio que rige la vida del mayordomo de un hombre que lo reconoce, de aquel que administra los bienes que le fueron otorgados por su Señor. Al confiar que todo lo que somos, tenemos y hacemos viene de Dios, nuestros bienes y talentos se transformarán en dones para el servicio en favor de la predicación de su palabra y principios .
Pero ese pensamiento nos hace reflexionar en el siguiente aspecto: ¿será que todo lo que somos, tenemos y hacemos realmente viene de Dios? Si no es así, es porque hemos servido a otro señor y no a Dios. Piense en su vida en este momento, piense en sus bienes, en su vestimenta, en sus palabras, en fin, en todo lo que es, tiene y hace. ¿Todo agrada a Dios? ¿Ha sido un mayordomo fiel de su Creador y Mantenedor?. Así te darás cuenta si has cumplido con el pacto de Dios.
Tiempo de pensar. El pacto de Dios nunca cambia. Más el hombre se olvida rápidamente de quien lo creo.
Oración. Señor, reconozco que tú eres el creador del cielo y la tierra. Que desde el principio de la creación tu fidelidad de amor por nosotros fue un pacto eterno. Por el cual aun siendo nosotros desobedientes , enviaste a tu hijo Jesucristo a redimir lo que se había perdido de el pacto de fidelidad de nosotros los hombres. Más hoy reconozco su propósito de derramar su sangre como pacto de amor por mi, para salvar mi vida. Amén.