Qué agradable es recordar los días de antaño, cuando no estábamos tan encadenados a la tecnología. Echo un vistazo a mi infancia, miro al presente y advierto cuánto hemos dejado atrás.
Abandonamos los juegos de canicas, la pelota, el escondite, la soga, las carreras, el dominó, y las visitas a casa de la abuela con todos los primos. Nos olvidamos del paseo mañanero a la escuela, de charlar y jugar con nuestros compañeros de clase, del viaje en autobús escuchando música con el conductor.
Quedaron atrás los días de compartir historias en familia, de ceder el paso y abrir puertas como un gesto de cortesía, de ofrecer nuestra silla a las personas mayores en el tren o en el autobús. Nos desvinculamos de la alegría de la vida al vernos arrollados por una era extremadamente rápida y escasamente vivida.
Perdimos la intimidad, continuamente publicando en redes sociales. Sustituimos los abrazos y besos por mensajes de chat, preferimos mirar el celular antes que participar en una reunión, cambiamos los juegos en el parque con nuestros hijos por las últimas series de televisión. Optamos por una píldora rápida para el colesterol en vez de un revitalizante paseo. Dejamos de saludar con un “buenos días” para revisar el mundo digital, negando a nuestros seres queridos una visita en favor de un mensaje de WhatsApp.
Es momento de reflexionar acerca del mundo en el que vivimos, de lo que hemos dejado atrás en nombre de la competencia y la búsqueda de lo último.
Dios sigue siendo el mismo, siempre pendiente de nosotros. Si dejamos de ser tan autocentrados, podemos dejar un gran legado a quienes nos rodean.
Oración
Señor, al recordar cómo vivíamos en el pasado y ver lo que hemos dejado, pido tu guía. Ayúdame a retornar a los principios que moldearon mi vida, a compartir momentos de calidad en familia y a ver tu palabra como la verdadera fuerza que impulsa mi vida. Amén.