Es un verdadero privilegio el que la vida nos brinda; tener la oportunidad de apreciar la creación que Dios nos concedió y deleitarnos en su asombroso esplendor.
“Privilegio” es una palabra que se asocia con una ventaja especial o una exención de obligación otorgada por un superior o ganada por capacidad y circunstancia propia. Se puede entender de diversas formas: desde permisos especiales concedidos por autoridades en un sentido legal, hasta la posibilidad de disfrutar de condiciones más favorables que otros individuos.
Pero el privilegio más grande es saber que no estás solo en el mundo, que siempre hay alguien que te ama, que cuida de ti, que te quiere incondicionalmente. Que, pese a tus defectos, siempre está ahí en los momentos más necesarios, iluminando tu camino, ayudándote a levantar las manos cuando estás cansado, llenando tu vida de amor y significado.
Es un privilegio tener la sabiduría que Dios nos regala, poder buscarla y cultivarla. Es un verdadero don divino. La sabiduría nos permite discernir la verdad y practicar el amor y la fe. Conocer que Jesucristo murió por nosotros, perdonó nuestros pecados y nos brindó la oportunidad de la salvación eterna es el mayor de los privilegios.
A pesar de las dificultades que enfrentamos, Dios nos ofrece una vida llena de oportunidades para aprender y crecer. Esto, si se percibe con la actitud adecuada, es un privilegio de sabiduría trascendental. Como dice en Juan 1:12:
“Pero a todos los que creyeron en él y lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios.”
Oración:
Es un privilegio saber que no estoy solo, que siempre hay alguien que me ama, que cuida de mí en cada momento. Ese eres tú, oh Dios. A través de aquellos que me aman desinteresadamente, manifiestas tu amor constante por mí.
Amén.