Hoy hablamos sobre Gayo, un hombre de los primeros años de la Iglesia que no predicaba en grandes distancias, pero abría su casa para recibir a los hermanos que viajaban anunciando a Cristo. El apóstol Juan lo llamó ‘Amado Gayo’ y le deseó prosperidad. Aprendemos que la verdadera fe se practica con acciones, como ofrecer hospitalidad, una mesa compartida o una mano extendida. Gayo nos enseña que no necesitas un púlpito para servir a Dios; una puerta abierta por amor puede ser un camino para la obra de Dios.
No todos los héroes llevan una espada. Algunos simplemente abren la puerta de su casa. En los primeros años de la Iglesia vivió un hombre llamado Gayo. Su nombre quedó escrito en una carta del apóstol Juan, no por sus riquezas ni por su poder, sino por su fidelidad y su amor. Juan lo llamó: Amado Gayo. Y le deseó prosperidad y salud, así como prosperaba su alma. Gayo caminaba en la verdad. Recibía a los hermanos que viajaban anunciando a Cristo. Les ofrecía hospitalidad y los ayudaba a continuar su camino, incluso cuando eran desconocidos. Mientras otros cerraban sus puertas, Gayo abría las suyas y así se convirtió en colaborador de la verdad. Esta es la enseñanza que nos dejó Gayo: la verdadera fe no solamente se predica, también se practica. No necesitas un púlpito para servir a Dios. A veces basta una mesa compartida, un plato de comida o una mano extendida, porque el amor verdadero se demuestra con hechos. Gayo no recorrió grandes distancias predicando, pero ayudó a quienes sí lo hacían. Y recuerda: una puerta abierta por amor puede convertirse en un camino por donde avanza la obra de Dios. Los héroes ocultos de la Biblia.